LIDERAZGO FEMENINO Y VIOLENCIA EN EL PERÚ DE LOS 90
Lo cierto es que el Perú parece
entrampado en un pasado irresuelto de injusticias y adversidad, en el cual la
violencia de Sendero Luminoso y la respuesta igualmente violenta del aparato del Estado han despertado el viejo le6n dormido del encono y la animadversión entre los peruanos. Existe una deuda social impaga que
cotidianamente nos pasa la factura. Las respuestas son múltiples: desde la
destrucción total con el aniquilamiento del "viejo Estado" propugnado por
Sendero hasta la aquiescencia de la opinión pública con una propuesta autoritaria y veladamente dictatorial como la del régimen actual, que ofrece
orden y seguridad. De otro lado, no deja de ser paradójico que sea en el
marco de una democracia cuando en el Perú sucedan los horrores de la
"guerra sucia" que se desnudaron en los países del Cono Sur durante los
regímenes dictatoriales.
Las formas organizativas para el consumo colectivo de alimentos y las
acciones de las mujeres que las lideraron fueron motivo en el país de apasionados debates que pendularrnente las calificaron de espacio democrático,
solidario y emancipatorio para los grupos femeninos y, de otro lado, las
estigmatizaron por estar ceñidas a los viejos estilos nacionales del caudiliismo
y el autoritarismo. Posiblemente esté maduro el momento de un balance más
reflexivo, que rescate los beneficios personales que obtuvieron sus integrantes
y también su condición humana, es decir, su imperfección, reiievando el
proceso de conformación de estos grupos en actores sociales, en sujetos
colectivos. Porque así actuaron en todos los espacios disponibles: el barrio,
las calles con sus movilizaciones, las agencias donantes y el Parlamento.
Fueron eficientes en su papel de madres nutritientes y actuando, ganaron en
confianza personal, en auto-estima. Es posible que en ese camino, las diri-
gentes vieran en el liderazgo de una organización un canal, sino de ascenso,
sí de visibilidad social. ¿Y qué si así lo fuera? ¿A qué espacios de realización
personal y10 prestigio podían aspirar estas mujeres de barriada, mestizas y de
piel oscura, amas de casa y madres sin una carrera profesional?
Si entendemos la ciudadanía no sólo como el ejercicio grupa1 de reclamos
sociales sino también como un proceso de individuación que nos permita
reconocemos en y con los otros como sujetos portadores de derechos individuales, lo que hicieron Juana López, María Elena Moyano, Bemardina
Maldonado y tantas otras líderes populares asesinadas por Sendero Luminoso
en los últimos dos años fue un proceso de afirmación ciudadana.
Pero en la tendencia a la uniformización hacia abajo que recorre el
comportamiento social peruano, encajó Sendero Luminoso. Interrumpió el
proceso personal de las líderes y congeló las aspiraciones de la capa dirigencid
de recambio, que atenazadas por el terror renunciaron u optaron por el perfil
bajo. Sentirse orgullosas de ser reconocidas y valoradas, distinguirse por sus
habilidades de conducción y eficíencia a la postre les había costado la vida
a las otras dirigentes. También en este sentido Sendero Luminoso es una
fuerza retardataría del cambio que empató con el malestar y la desconfianza
que en un ambiente de enorme privación genera la diferenciación del otro.
Finalmente, las organizaciones de sobrevivencia no son sólo amortiguaron el impacto de la depresión económica en las familias pobres,
desactivando así una de las válvulas de la explosión social que Sendero
Luminoso buscaba, sino que demostraron que desde la práctica social autogestionaria era posible tender puentes de negociación con el Estado, constmcción inadmisible en una estrategia de confrontación y destrucción del
viejo orden.

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